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Durante esta crisis sanitaria mundial, hemos visto cómo el papel de la mujer ha sido dual. Por un lado, enaltecido en liderazgos como los de Angela Merkel y Jacinda Ardern, que en Alemania y Nueva Zelandia, respectivamente, han manejado de manera admirable la pandemia, y por otro, invisibilizado, especialmente en la falta de corresponsabilidad en las labores del hogar y la crianza, temas de calidad de vida, salud mental y, cómo no, violencia.

En Chile, los casos de violencia intrafamiliar han aumentado más de un 70% en los últimos meses. Y es que la cuarentena obligatoria ha forzado a muchas mujeres víctimas de esta realidad, a convivir, sin tregua ni respiro, con su agresor. Pese a que a raíz de esto el gobierno reforzó el programa de acompañamiento a mujeres que sufren violencia, este no ha sido capaz de dar respuesta real a este drama.

La integridad física de las mujeres, muchas de las cuales son jefas de hogar, es un aspecto fundamental, pero no lo es menos su salud mental. Los efectos psicológicos que ha provocado la pandemia son devastadores. Según un reportaje de investigación de un medio digital, miles de mujeres están sufriendo cuadros ansiosos, depresivos y obsesivos, entre otros, no solo por el estrés, el cansancio o la incertidumbre de un futuro que no se ve auspicioso, sino también por una evidente carencia de representatividad en liderazgos políticos o de otra índole, que transmitan seguridad y empatía.

¿Cómo es posible que representantes femeninas del Congreso hayan rechazado tajantemente el proyecto de posnatal de emergencia? ¿Tiene sentido que la Ministra de la Mujer esté prácticamente en silencio, cuando son cientos de problemas los que nos afectan?

Durante años avanzamos en medidas que redujeron las brechas de género, de lo cual nos sentimos tremendamente orgullosas; sin embargo, hoy todo indica que hemos retrocedido. La planificación de la pandemia ha relegado las necesidades de la mujer a la última prioridad, obviando que cumplen roles fundamentales en sus comunidades, ya sea como dirigentas vecinales, organizadoras de ollas comunes, jefas de hogar, madres, trabajadoras. Todas tareas cruciales para el funcionamiento de la sociedad.

Ante este escenario, cuesta ser optimista. Solo resta esperar que en un futuro tengamos la capacidad de elegir representantes que hagan suyas nuestras demandas, y que ante cualquier escenario, por complejo que sea, puedan ser capaces de empatizar y luchar por las causas y dolores que permanentemente nos aquejan y nos convierten en un grupo vulnerable.

Fuente: El Mostrador

Durante el transcurso de la pandemia nos hemos visto enfrentados a las diversas falencias de nuestro sistema de salud, pero hay una en particular, que a quienes trabajamos en el área, nos duele y preocupa: el debilitamiento progresivo de la atención en salud mental.

Como un modo de hacerse cargo de esta falencia, durante las últimas semanas el Rector de la Universidad de Chile, en conjunto con el Gobierno, pusieron en marcha un plan orientado a prestar apoyo y contención a la ciudadanía en estos tiempos difíciles, en que los cuadros de dolencias psiquiátricas y/o psicológicas se agudizan o aparecen. La estrategia se vale de principios de territorialidad e intersectorialidad, focalizándose con fuerza en grupos vulnerables, personal del área de la salud, personas con patologías previas y contagiados con COVID-19. Para ello, se utiliza como principal mecanismo la Atención Primaria de Salud (APS), con sus programas de intervención psicosocial.

En el papel, el programa suena bien, pero como suele suceder, la teoría dista mucho de la realidad. Los bajísimos presupuestos del área de salud mental, que fomentan una precarización de las condiciones de los profesionales, sumado a una sobresaturación de la APS por la contingencia de la pandemia, han dado como resultado un plan que no aterriza adecuadamente en los contextos sociales y culturales de nuestro país. A esto hay que sumar que las consultas son online, lo cual deja fuera a un gran número de familias que no tienen acceso a recursos digitales y, por cierto, a los adultos mayores, que no manejan estas plataformas.

Para brindar un sistema de salud mental eficiente en estos tiempos, es fundamental, primero que todo, abordar las patologías de forma estructural, posibilitando una atención igualitaria y accesible para cualquier persona, sin mediar brechas generacionales o socioeconómicas. Se podría, por ejemplo, utilizar recursos que ya existen y que han sido exitosos, como la atención telefónica gratuita. El presupuesto destinado a los profesionales de esta área debiera, asimismo, ser fortalecido. Del mismo modo, habría que sumar nuevas contrataciones e invertir en infraestructura.

Una cosa es lo que sucede por vía remota durante la pandemia, pero una vez que esta haya quedado atrás, el número de pacientes con cuadros patológicos agravados por la actual situación, pacientes que suspendieron el tratamiento y nuevos pacientes aquejados por cuadros depresivos y ansiosos, requerirán de un robustecimiento del sistema de salud mental que, desde ya, se debiera estar abordando.

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