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Mientras Calama cumple su quinta semana de confinamiento y Antofagasta la tercera, los números de nuestra región siguen siendo desalentadores y la visión respecto al actuar de la autoridad está marcada por un alto grado de desconfianza. El miedo de que resurja el prematuro triunfalismo del Gobierno sigue latente, y los expertos concuerdan en que desde el punto de vista sanitario, las cuarentenas en las comunas de la región deben extenderse. Lamentablemente, la mera extensión del confinamiento no será suficiente si no va acompañada de otras medidas, tanto sanitarias como económicas.

Chile parecía correr con ventaja en esta lucha contra el Coronavirus. Tuvimos meses para mirar la experiencia de otros países, adelantarnos y evitar el contagio comunitario, para mejorar no solo la capacidad de la red de atención crítica, sino que tomar medidas que permitieran la adecuada trazabilidad y aislamiento de casos confirmados y probables. Pero no fue así. Recién el 22 de junio, la Atención Primaria de Salud de Antofagasta pudo tomar la posta del proceso de trazabilidad, uno de los pilares fundamentales para superar esta pandemia.

La confianza en la autoridad y en las medidas que se adoptan es un elemento fundamental para superar una crisis como esta, pero es especialmente difícil confiar en quien parece actuar constantemente tarde, casi a regañadientes, y culpando a la ciudadanía de la limitada efectividad de las medidas tomadas. En este sentido, el historial del Gobierno en la región es más bien negativo. La primera cuarentena impuesta sobre nuestra comuna se levantó tras 24 días de duración, a pesar de que a esa fecha existían cientos de exámenes PCR pendientes de ser procesados. La propia SEREMI de salud reconoce que los resultados del primer confinamiento no fueron del todo satisfactorios. La segunda cuarentena fue decretada con casi siete mil contagios en la región, con un 93% de ocupación de camas críticas y sólo después de que el Subsecretario de Redes Asistenciales fuera instruido a viajar a la región para verificar in situ lo que estaba ocurriendo. Claramente no existió un enfoque preventivo, ni parece aún existir.

¿Qué pasó con las autoridades locales en el período entre cuarentenas?, ¿Por qué fue necesario que alguien viajara desde Santiago para conocer la realidad local y decretar un segundo confinamiento? Parecen haber dos respuestas posibles: o las voces de alerta de las autoridades del Gobierno local, devenidas en nuncios, no fueron consideradas por el nivel central; o bien, las autoridades locales no hicieron el trabajo de comunicar la situación de nuestra región. El histórico centralismo de nuestro país, hace pensar más bien en lo primero, pero la forma que ha tenido el oficialismo de enfrentar esta y otras crisis, hace imposible descartar la segunda de las posibilidades.

Las dos opciones son desesperanzadoras, y es que mientras el gobierno central no empodere realmente a las autoridades locales frente al manejo de la crisis -tanto respecto a estrategias de testeo y trazabilidad como de aislamiento- y no se considere el diagnóstico y opinión de expertos y de la comunidad local, estamos condenados a seguir enfrentando la pandemia al compás que dicte Santiago, tal como lamentablemente hemos hecho hasta ahora.

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