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Falta poco para que Chile pueda escribir una nueva constitución, por eso #YoApruebo 

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Ciudadanos Somos Todos

Hoy Ciudadanos Maule hizo entrega a través del pre candidato a Gobernador Regional Alberto Martínez, de un set de propuestas económicas para enfrentar la crisis del Covid al Gobierno Regional respectivo. Excelente iniciativa.

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En marzo de 2020 se instaló en nuestras vidas esa amenaza invisible, pero real, denominada Covid-19. Nos hizo realizar un giro en las relaciones sociales, productivas y culturales, al menos tal como las habíamos visto desarrollarse hasta ahora. Nos confinó dentro de nuestras casas, alteró nuestras rutinas y promovió el trabajo a distancia, en el caso de los más privilegiados.

Unos más que otros, en diferentes escalas, todos nos hemos visto afectados por las consecuencias de la pandemia. Y es que el virus no solo ha repercutido en la estabilidad económica de los hogares, sino también en la salud psicoemocional de los chilenos. En los escenarios con menos complejidades económicas, las primeras dos semanas de cuarentena las familias intentaron compatibilizar el trabajo con la cocina, juegos con los niños, rutinas deportivas puertas adentro. Quienes estaban solos hicieron yoga o leyeron un libro. Sin embargo, luego de más de un mes, ese afán de productividad desenfrenada que se instaló en nuestros sistemas de creencias como un valor, nos empezó a pasar la cuenta.

Hoy, muchas personas trabajan incluso más de lo que lo hacían en la oficina, hasta altas horas de la madrugada, y quiénes no han logrado ser productivos con el teletrabajo, por no saber manejar el multitask que exige la vida doméstica y la crianza, se debaten entre la ansiedad y la parálisis. La pregunta recurrente que circula hoy por muchas consciencias es: ¿estoy siendo realmente productivo?, ¿cómo puedo alcanzar el nivel de eficiencia esperado? Incluso, quiénes por alguna razón no han tenido que lidiar con el trabajo, se desesperan ante la idea de no estar efectuando alguna tarea útil y toman cursos de inglés online, diplomados o planifican su vida detalladamente como si el destino dependiera exclusivamente de sus voluntades.

Control, productividad, voluntarismo, miedo a no rendir lo suficiente o a fracasar; necesidad de plantearse metas grandilocuentes; exigencia desmedida hacia uno mismo y hacia los demás; competencia permanente con otros, en cada uno de los ámbitos de la vida. Esos son algunos de los “valores” instalados por el sistema al que nos hemos rendido y que en el marco del confinamiento generan estrés, angustia, restringen la creatividad y la capacidad para encontrar soluciones a los problemas que se presentan. Afortunadamente, más que antes, hoy es fácil advertir que esta forma de vida a la que estábamos habituados solo es funcional y valiosa para el mercado, pero para la vida humana es esencialmente contraproducente.

En parte gracias a las nuevas experiencias que hemos tenido en el aislamiento social, en el trabajo a distancia, en la toma de contacto con quiénes somos, hemos ido haciéndonos conscientes de que lo que históricamente nos hacía valiosos ante los ojos propios y los de los demás, ya no tiene significancia alguna y no nos suma en los nuevos escenarios que tendremos que enfrentar.

Hemos constatado, asimismo, que nuestros sistemas de salud, educación y vivienda son de una precariedad enorme, y que fortalecer el rol del Estado en algunas áreas es no solo necesario sino urgente. Hemos experimentado en la práctica que una nueva Constitución es vital, para poder plasmar nuevos valores colectivos y eliminar resabios de ese individualismo exacerbado, propio de las instituciones y sistemas de creencias que nos definieron y determinaron como país, hasta este momento.

La pandemia del Coronavirus COVID-19 ha hecho que la gran mayoría de los chilenos experimente en carne propia la angustia e incertidumbre con la que ha vivido en las últimas décadas la población de ingresos medios y bajos. Para nadie hay garantía de ser atendido con prontitud y debidamente si es contagiado con el virus o contar con una cama crítica si es que la enfermedad se complica. Muchos han tenido que pensar, también, cómo pagarán las deudas o el arriendo si pierden el trabajo, en caso de que las empresas en que se desempeñan no logren sobrevivir. Un escenario para nada improbable.

Esa experiencia de extrema vulnerabilidad, sin duda uno de los motores del movimiento social iniciado justo antes de esta crisis sanitaria, es hoy común y masiva. Por primera vez los chilenos, sin distinciones, tienen la sensación de estar a la deriva, siendo  testigos de cómo el Estado le ha “sugerido” a los supermercados no subir los precios de los insumos básicos, para poder enfrentar la crisis sin los vaivenes de la oferta y la demanda; cómo ha ideado maneras para que los empleadores no despidan sin más a sus trabajadores aduciendo razones de fuerza mayor; o cómo, no por las vías legales sino las de la buena voluntad, ha conseguido que las isapres aplacen tres meses el incremento del valor de sus planes. Las personas han visto cómo sus destinos financieros penden de la disposición de los bancos para postergar el pago de créditos hipotecarios, y han presenciado, asimismo, cómo el Presidente descarta la nacionalización parcial de empresas que eventualmente reciban dinero público para ser salvadas, porque le parece una propuesta ideologizada.

Se volvió innegable que el sistema en que operamos es individualista y está basado en la máxima del “sálvese quien pueda”. Del mismo modo y paradójicamente, la pandemia ha develado cuánto nos necesitamos unos a otros para salvarnos, para no hundirnos. Aparece con claridad la necesidad de repensar nuestra forma de convivir y relacionarnos, y es aquí donde la colaboración tiene la oportunidad de surgir como un paradigma de cambio.

Lo que caracteriza al paradigma de la colaboración y que lo distingue en su esencia del individualismo y también del asistencialismo, es que las problemáticas y desafíos -sociales, medioambientales, económicos, entre otros- se solucionan en conjunto, gracias a un actuar articulado de los diferentes sectores de la sociedad (público, privado, sociedad civil, academia y ciudadanía) y con una mirada de largo plazo.

Para que cualquier nuevo pacto funcione, bajo un paradigma colaborativo, necesita por sobre todo de lazos de confianza, precisamente uno de los más debilitados por el individualismo. Pero una buena forma de recuperar la confianza perdida es que los distintos sectores reconozcan cómo han contribuido a romper con su propia credibilidad y restablezcan o repiensen sus roles, deberes y responsabilidades hacia adelante. Por ejemplo, el Estado ha fallado en una arista básica inherente a su rol, esto es, la provisión de bienes públicos de calidad: salud, educación y pensiones. De ahí, lo fundamental de que todos los esfuerzos se focalicen en garantizar estos derechos, para superar la precariedad, la injusticia, y el sufrimiento humano que estas producen.

Otra característica del estilo colaborativo es que se basa en el diálogo, pero no en un simple intercambio de puntos de vista sino en una genuina apertura, que implica estar dispuesto a transformar la visión en pos de un bien común. En otras palabras, abrirse a la posibilidad de transformarse para transformar, aprovechando la riqueza que existe en la diversidad de ideas y perspectivas; sin miedo, sino más bien con el derecho, a equivocarse y a cambiar de opinión. Porque la realidad no es rígida sino dinámica, y las vías para hacerse cargo de sus problemáticas, también lo son.

El desafío es profundo, porque no se trata simplemente de aspirar a la creación de leyes que obliguen a unos y a otros a actuar de una determinada manera en un momento de crisis, se trata de que nuestras instituciones y normativas sean el reflejo de un pueblo que conoció el poder de la comunidad y el valor de la colaboración, lo que requiere de un hondo cambio cultural. Solo así podremos acortar las distancias abismales que hoy existen entre las instituciones y las personas, y construir una sociedad más cohesionada y capaz de hacerse cargo efectivamente de sus brechas.

Publicación original - El Mostrador

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