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Ciudadanos Somos Todos

El proyecto TV Educa Chile constituye un gran avance para la educación nacional. No solo por el estado actual de la pandemia, sino también porque es un paso acertado para poder cambiar, aunque sea en parte, la forma de enseñar. Es bien conocida en el mundo de la educación la frase: “tenemos estudiantes del siglo XXI, con profesores del siglo XX y escuelas del siglo XIX”.

Sin embargo, pese a lo loable de la iniciativa, persiste el riesgo de quedarse en los grandes números y no reparar en las desviaciones del promedio. Hablamos de esos grupos que los especialistas a veces ignoran. Los mismos que, muchas veces por falta de iniciativa del Estado, ven violados sus derechos humanos a la educación, y a los que a veces simplemente se les trata como ciudadanos de segunda categoría.

Los desastres naturales siempre centran la mirada del gran público y de las autoridades en las grandes urbes, olvidando los poblados rurales y sectores más alejados. Incluso, los mismos avances tecnológicos nos hacen olvidar que ese mundo paralelo existe. En lo particular, si bien TV Educa Chile es un indiscutible e interesante avance tecnológico, ignora la realidad rural y hace caso omiso de que incluso en la Región Metropolitana hay comunas en las que la televisión digital es un concepto abstracto.

Este mundo ya fue suficientemente castigado por la imposibilidad de realizar clases online, dada su falta de conectividad, y no merece volver al rincón de la negación con los avances que se hagan de aquí a futuro. Una cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, y como reitera la OCDE en sus múltiples textos, un sistema escolar es tan fuerte como lo son sus estudiantes más desaventajados. Y aquellos, en nuestro país, se concentran en el campo.

Nuevamente reconociendo el gran proyecto de TV Educa Chile, desde el mundo liberal proponemos que el contenido de este canal sea de acceso público y masivo, a lo largo y ancho de todo el país, para lo cual una alternativa podría ser articular acuerdos públicos-privados con el objetivo de encontrar fórmulas colaborativas que permitan transmitir el contenido a través de la televisión abierta. Así, ningún niño será tratado como un ciudadano de menor valor.

 

Fuente original: La Tercera

El Covid-19 llegó a enfrentarnos con la soledad del aislamiento y con la posibilidad de la muerte, dos asuntos que como sociedad teníamos “confinados” al ámbito de la negación. Sin embargo, aprender a estar solos, así como a convivir con la sombra de ese destino que a todos nos espera, y que es realmente la única certeza que tenemos al momento de nacer -es decir, que algún día dejaremos de existir-, son ambas experiencias humanas de una riqueza inconmensurable.

Los indicadores y también las imágenes satelitales dan cuenta de que los niveles de contaminación han bajado en las grandes urbes del mundo entero. La fauna, asimismo, ha comenzado a circular con mayor libertad. Hemos visto pumas y cóndores en Santiago, ciervos ocupando las avenidas de algunas ciudades del sur de Argentina, animales que se creían extintos circulando por las solitarias calles de India. Y así un largo suma y sigue.

Todos los anteriores son algunos de los “regalos” que nos ha traído este virus poco familiar y contagioso. Pero hay más. En Chile, el Covid-19, precedido de un estallido social, ha ayudado a poner un foco especial en los más vulnerables. Quizás la mayor dádiva de esta pandemia ha sido el protagonismo de los que nunca son protagonistas.

Sin la certeza de los datos duros, podemos percibir que prevalece a nivel mediático y social una preocupación profunda, que toma la forma de la premura, la exigencia y el grito desesperado. Un clamor por la dignidad de otros, que busca que la esquiva billetera fiscal se aboque hacia aquellas personas más frágiles de nuestra sociedad, esas que no tienen los medios para valerse por sí mismas. Hablamos de adultos mayores, de personas que viven en pobreza o en situación de calle; de quienes habitan campamentos, de los que no tienen acceso a agua potable o servicios básicos, de los que dependen de la JUNJI para alimentar a sus hijos, de aquellos que no tienen acceso a Internet ni computadores para dar curso a la educación online o no cuentan con preparación suficiente como para ser apoyo de niños llenos de dudas, en un proceso de aprendizaje sui generis. Todos ellos se han vuelto los personajes principales de páginas de diarios, informativos de televisión, redes sociales. Son los motores de la angustia y del petitorio extendido a lo largo y ancho del país.

Las acciones gubernamentales siempre van un paso más atrás, es cierto, pero no perdemos la confianza en que la protección del Estado recaiga, esta vez, sobre el más débil y no solo sobre el más fuerte. Y que este protagonismo que ha conquistado la vulnerabilidad nacional, no se vea confinado nuevamente, pasada la crisis sanitaria, a un espacio de negación, adornado con jaguares e índices OCDE.

La pandemia del Coronavirus COVID-19 ha hecho que la gran mayoría de los chilenos experimente en carne propia la angustia e incertidumbre con la que ha vivido en las últimas décadas la población de ingresos medios y bajos. Para nadie hay garantía de ser atendido con prontitud y debidamente si es contagiado con el virus o contar con una cama crítica si es que la enfermedad se complica. Muchos han tenido que pensar, también, cómo pagarán las deudas o el arriendo si pierden el trabajo, en caso de que las empresas en que se desempeñan no logren sobrevivir. Un escenario para nada improbable.

Esa experiencia de extrema vulnerabilidad, sin duda uno de los motores del movimiento social iniciado justo antes de esta crisis sanitaria, es hoy común y masiva. Por primera vez los chilenos, sin distinciones, tienen la sensación de estar a la deriva, siendo  testigos de cómo el Estado le ha “sugerido” a los supermercados no subir los precios de los insumos básicos, para poder enfrentar la crisis sin los vaivenes de la oferta y la demanda; cómo ha ideado maneras para que los empleadores no despidan sin más a sus trabajadores aduciendo razones de fuerza mayor; o cómo, no por las vías legales sino las de la buena voluntad, ha conseguido que las isapres aplacen tres meses el incremento del valor de sus planes. Las personas han visto cómo sus destinos financieros penden de la disposición de los bancos para postergar el pago de créditos hipotecarios, y han presenciado, asimismo, cómo el Presidente descarta la nacionalización parcial de empresas que eventualmente reciban dinero público para ser salvadas, porque le parece una propuesta ideologizada.

Se volvió innegable que el sistema en que operamos es individualista y está basado en la máxima del “sálvese quien pueda”. Del mismo modo y paradójicamente, la pandemia ha develado cuánto nos necesitamos unos a otros para salvarnos, para no hundirnos. Aparece con claridad la necesidad de repensar nuestra forma de convivir y relacionarnos, y es aquí donde la colaboración tiene la oportunidad de surgir como un paradigma de cambio.

Lo que caracteriza al paradigma de la colaboración y que lo distingue en su esencia del individualismo y también del asistencialismo, es que las problemáticas y desafíos -sociales, medioambientales, económicos, entre otros- se solucionan en conjunto, gracias a un actuar articulado de los diferentes sectores de la sociedad (público, privado, sociedad civil, academia y ciudadanía) y con una mirada de largo plazo.

Para que cualquier nuevo pacto funcione, bajo un paradigma colaborativo, necesita por sobre todo de lazos de confianza, precisamente uno de los más debilitados por el individualismo. Pero una buena forma de recuperar la confianza perdida es que los distintos sectores reconozcan cómo han contribuido a romper con su propia credibilidad y restablezcan o repiensen sus roles, deberes y responsabilidades hacia adelante. Por ejemplo, el Estado ha fallado en una arista básica inherente a su rol, esto es, la provisión de bienes públicos de calidad: salud, educación y pensiones. De ahí, lo fundamental de que todos los esfuerzos se focalicen en garantizar estos derechos, para superar la precariedad, la injusticia, y el sufrimiento humano que estas producen.

Otra característica del estilo colaborativo es que se basa en el diálogo, pero no en un simple intercambio de puntos de vista sino en una genuina apertura, que implica estar dispuesto a transformar la visión en pos de un bien común. En otras palabras, abrirse a la posibilidad de transformarse para transformar, aprovechando la riqueza que existe en la diversidad de ideas y perspectivas; sin miedo, sino más bien con el derecho, a equivocarse y a cambiar de opinión. Porque la realidad no es rígida sino dinámica, y las vías para hacerse cargo de sus problemáticas, también lo son.

El desafío es profundo, porque no se trata simplemente de aspirar a la creación de leyes que obliguen a unos y a otros a actuar de una determinada manera en un momento de crisis, se trata de que nuestras instituciones y normativas sean el reflejo de un pueblo que conoció el poder de la comunidad y el valor de la colaboración, lo que requiere de un hondo cambio cultural. Solo así podremos acortar las distancias abismales que hoy existen entre las instituciones y las personas, y construir una sociedad más cohesionada y capaz de hacerse cargo efectivamente de sus brechas.

Publicación original - El Mostrador

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